Mi gata Musa en sus momentos más fotogénicos…
Archive for the ‘Familia’ Category
Musium
Saturday, May 9th, 2009Nos vamos de Nuptiae!
Monday, April 6th, 2009Se acerca nuestra boda, wedding, marriage, nupcias… Hemos bautizado la página del evento con la palabra latina, que nos parece mucho más bonita.
Despedida
Sunday, May 18th, 2008Alguien me dijo alguna vez que la vida es maravillosa hasta que empiezan a desaparecer las personas amadas, los que dan sentido a nuestro universo. Entonces algo abstracto, algo lejano y anónimo llamado muerte, comienza a robarnos pedazos de la felicidad conquistada y a tomar una forma bien definida, la forma de alguien que estaba a nuestro lado y desaparece para siempre. “Siempre”, nunca”, “nada”, “todo” son palabras que cobran sentido, palabras terribles a las que me gustaría no enfrentarme pero que se han instaurado en nuestras vidas.
La muerte se llevó a mi abuelo Serafín hace 4 años. Mi abuelo, el más joven, que merecía años de descanso y solo sufrió enfermedad, mi abuelo que amaba a mi abuela pero que no puedo más que dejarla sola con su insondable pena. Vi llorar a mi madre, a mis tías y tíos queridos, sentí que el primer pedazo de mi infancia se borraba y esos primeros veinte años de la vida, cuando esta parece sencilla, inocente, eterna, llegaron a su fin. La vida comenzó a resquebrajarse cuando mi abuelo nos dejó y desde entonces tengo la sensación de no hacer más que ponerle parches, ahí donde le van saliendo ausencias.
Mi abuelo, el que nos regalaba la Historia con sus historias, el más duro, el más fuerte, se nos fue casi resignado a los 91 años el pasado Noviembre. Horas antes de morir pude besarle con todas mis fuerzas y despedirme de su mirada añeja sabiendo que era la última vez. La angustia de su muerte me sigue ahogando el pecho, no me abandona, ni a mí ni a mi abuela. Mi abuelita ahora rebusca en su memoria marchita los recuerdos de su vida junto a mi abuelo, que son también a veces los míos, para no perderse en un presente que ya no entiende y prefiere olvidar. Los abuelos tienen que irse, todos lo sabemos, lo aceptamos, lo repetimos para poder creelo mejor, pero yo no quería perder a mi abuelo y me cuesta un mundo soportar su pérdida. Ese mundo que es el mío y que volvió a romperse sin remedio.
Pero la vida no solo solo sigue sus propias reglas, o las que creemos sus reglas, sino que nos abate cuando menos lo esperamos, cuando más perfecto parece todo y más injusto el golpe… Solo agradezco a la providencia haber conocido a Sylviane y Raymond cuando despreocupados hacían pan y su vida sencilla. Fue tan solo una vez, unos días regalados y fugaces entre la nieve y los regalos, entre las ostras y la harina, que nunca olvidaré porque son para mí pequeños destellos de lo que hemos perdido. Son el recuerdo de lo que pudo haber sido, año tras año, cada Navidad o cada verano. Y lo son porque en aquel momento pecaron de triviales, de una simple incursión en la rutina cotidiana de la familia de Fabrice, de su trabajo, sus costumbres, su sobremesa. En nuestro egoísmo no les otorgamos más importancia que aquella que debían haber tenido. Pero el valor de esos momentos crece con el tiempo, crecerá para siempre con el tiempo que nos separa de ellos y desvela su singularidad: Luego de aquella Navidad última, ya no ha podido haber otra, no podrá jamás haber otra. La Navidad como yo la conocía se esfumó y lo que a partir de ahora quede en su lugar será otro parche maldito.
Hace poco más de dos años, las ocasiones triviales se convirtieran en un desesperado intento por retener la trivialidad. Quiero pensar, en una ridícula búsqueda de la razón, que a cambio de los años robados, de todo lo que podríamos haber reido y discutido, descubierto con Raymond y Sylviane, robamos a las circunstancias muchos recuerdos intensos y hermosos. El humor de Raymond, que él adaptaba progresivamente a mi francés rudimentario, o la entrega cariñosa de Sylviane, que me ha inundado siempre en el mismo idioma universal, fueron, incluso ya en los meses más difíciles, algo que me ha sido arrancado de manera profundamente dolorosa pero que aún así agradezco profundamente haber vivido. No hay palabras para describir aquello que compartimos con Raymond, el final, y ciertamente cobra todo su sentido si simplemente me lo guardo dentro, bien dentro de mí en el hueco que ocupa su ausencia.
Nadie puede saber lo que perder a su padre, así como lo perdió Fabrice, supone para él; o su compañero y marido para Sylviane. Con lo que ella había tenido que vivir desde entonces, durante dieciseis meses y siete días eternos. Mi propio dolor es la antesala del suyo. Yo tampoco puedo imaginarlo. Pero sí veíamos como Sylviane podía a duras penas poner parches a la ausencia, su vida estaba incompleta, rota, hecha añicos. Ni toda su energía, ni toda su alegría loca podía ayudarla cuando quedaba a solas en la casa enorme con una ausencia que lo era infinitamente más. Quiero pensar, en otro ridículo intento por salvarme, que con la misma fuerza explosiva con la que se enfrentaba a cada día, con la misma eficiencia que trajinaba con su mundo, una ráfaga letal se la llevó en un instante. Fue repentino, como la llam
ada que nos despertó minutos después y que nos partió el alma. La pobre alma convaleciente de Fabrice ya no se curará nunca. No pudimos despedirnos de Sylviane, no más allá de la acostumbrada despedida con que el día anterior colgué el teléfono, no más allá de una despedida trivial, inocente, pero que permanecerá en mi recuerdo y ya nunca volverá a serlo.
Musa, por Navidad
Friday, January 4th, 2008Estos días tenemos a mi gata Musa con nosotros. La pobre sale raramente de debajo de la colcha de la cama, ahora mismo es un bulto en el centro, pero parece que se va acostumbrando poco a poco al reducido espacio. Ya come normalmente e incluso la hemos pillado mirando por la ventana. El problema es que no tiene miedo de nosotros, sino del cambio de decoración, y huye de todas partes como si los muros se le vinieran encima. Pobre animal…


